El techo de cristal, el principal problema para la igualdad de género

En la actualidad solo hay 11 mujeres rectoras en las 77 universidades españolas, según fuentes de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas (CRUE). La primera de España fue Elisa Pérez Vera, rectora de la UNED entre 1982 y 1987 y ahora magistrada del Tribunal Constitucional. El primer decanato lo obutvo cinco años antes Carmina Virgili Rodón. Es necesario romper el techo de cristal, esto es, la limitación (invisible) del ascenso laboral de las personas dentro de las organizaciones, limitando sus carreras profesionales, difícil de traspasar y que les impide seguir avanzando. No existen leyes o dispositivos sociales establecidos y oficiales que impongan una limitación explícita en la carrera laboral a las mujeres, pero igualmente se hace.

Para acabar con esta situación, las mujeres deben seguir estudiando, aseguran desde la Residencia Universitaria Institución del Divino Maestro. Es un sitio ideal para los estudiantes. Tienen servicio de comedor, lavandería, conexión a Internet, salas de estudio, biblioteca, gimnasio, sala de informática, capilla, prensa diaria,salas de vídeo, televisión y proyecciones audiovisuales, sala de juegos, sala de música y los estudiantes pueden jugar al fútbol sala, baloncesto o vóleibol. Tienen habitaciones dobles y triples con baños comunes.

La historia de las mujeres en la universidad

La primera alumna que se matriculó en España fue María Elena Maseras Ribera en 1872 en la Facultad de Medicina de la Universidad de Barcelona, según explica Consuelo Flecha, autora de Las primeras universitarias en España. En aquellos años, “se van matriculando una serie de chicas pero no se les quiere emitir el título porque éste tiene un carácter profesional y no podían ejercer”, explica Flecha, catedrática de la Universidad de Sevilla. Antes, en 1849, la tradición cuenta que Concepción Arenal se disfrazó de hombre para poder estudiar Derecho en la Universidad de Madrid.

En 1882 una real orden acabó con el vacío legal y suspendió “en lo sucesivo la admisión de las Señoras a la Enseñanza Superior”. A las que ya habían terminado o aún estaban matriculadas se les daría el título pero para abrir consultas privadas.

Seis años después, en 1888, una real orden acuerda “que las mujeres sean admitidas (…) como alumnas de enseñanza privada”. Si alguna solicita “matrícula oficial”, será “la Superioridad la que “resuelva según el caso y las circunstancias de la interesada”. Flecha explica que tenían que pedir permiso al Ministerio de Instrucción Pública y conseguir que cada uno de los profesores firmara el impreso de matrícula comprometiéndose a garantizar el orden en el aula.

Las mujeres aún así no podían moverse libremente por las facultades y escuelas. Tenían que estar acompañadas en todo momento por sus profesores y no se podían sentar con los chicos. Consuelo Flecha explica que hay que tener en cuenta que en aquella época las mujeres “no salían solas a la calle, ni a la Universidad, ni a la modista ni a la Iglesia”.

El verdadero cambio se produce el 8 de marzo de 1910 cuando una real orden establece que “se concedan, sin necesidad de consultar a la Superioridad, las inscripciones de matrícula en enseñanza oficial o no oficial solicitadas por las mujeres”. La nueva norma autoriza “por igual” el acceso de hombres y mujeres tras reconocer que las “consultas si no implican limitación de derecho, por lo menos producen dificultades y retrasos en la tramitación, cuando el sentido general de la legislación de Instrucción Pública es no hacer distinción por razón de sexo”. Hasta 1910, según las investigaciones de Consuelo Flecha, solo se habían llegado a matricular en la universidad 77 mujeres. Hasta esa fecha, sólo 36 habían conseguido licenciarse. Es a partir de ahora cuando va a ver un cambio significativo en las estadísticas propiciado también porque en septiembre de aquel 1910 se permitió que las licenciadas pudieran presentarse a oposiciones para ser profesoras de instituto, de universidad o trabajar en bibliotecas y archivos. Las mujeres comienzan a estudiar entonces Filosofía y Letras y Ciencias, que antes no tenían salida profesional para ellas.

Seis décadas después de que Dora entrara en Químicas, el 54,2% de los estudiantes universitarios del curso 2008/09 en España eran mujeres, según el último informe Datos y Cifras del Sistema Educativo publicado en diciembre. Ellas son el 54,4% de los alumnos de primer y segundo ciclo, el 53,7% de los estudiantes de grado, el 53,3% de los matriculados en masteres oficiales y el 52% de los doctorados. Sin embargo, las mujeres llegan hasta el 61% de los titulados universitarios.

Desde 1910, el porcentaje de mujeres en la Universidad ha ido creciendo sin retrocer ningún año hasta el curso 1986/87, cuando las matriculadas llegaron al 50,1%, según los datos facilitados por Consuelo Flecha. El primer curso en el que pudieron acceder en igualdad de condiciones 1910/11 apenas eran el 0,05%. En 1935, ya representaban el 8,8% y en 1963, el 25%.

Pero la presencia de la mujer no es igual en todas las carreras. En Ciencias de la Salud son el 73,6% en el primer y segundo ciclo y el 64,3% en grados; en Artes y Humanidades el 61,6% y 62,1%, respectivamente; y en Ciencias Sociales y Jurídicas, el 62,5% y el 56%. La asignatura pendiente de las mujeres sigue siendo la rama de Ingeniería y Arquitectura, donde no alcanzan el 30%. Según la última Estadística de la Enseñanza Universitaria en España publicada por el INE, las mujeres representaban el 69,74% de las matriculadas en primer curso de Medicina en las universidades públicas en el curso 2007/08. En el extremo opuesto están carreras como Ingeniería Técnica Informática de Sistemas, con apenas un 11% de mujeres, Industriales (14,98%) o Marina Civil (14,32%).